Prensa

Artistas

Series

Ofertas

Catálogos

Precios

Comprar

Información

Prensa

Inéditos 2019

La Casa Encendida. Madrid. Hasta edl 1 de septiembre de 2019
[Bea Espejo. El País, 27 de julio de 2019]

COMISARIO VIRAL

Hubo un momento, a principios de los años noventa, en que todo el mundo quería ser comisario. La cosa se hizo viral. Veníamos de una década gloriosa después de que el comisariado como profesión naciera en los albores de los años setenta, bajo la estela de un tipo como Harald Szeemann, paradigma del intelectual libre, apasionado y con grandes dosis de seducción, que siempre vio en la sala de los museos un espacio de trabajo y la exposición como un laboratorio. Prueba de ello fue When Attitudes Become Form (1969), una muestra de apenas un mes en la Kunsthalle de Berna que cambió el rumbo de la historia del arte contemporáneo. Tanto es así que las nuevas generaciones siguen mirando ese faro buscando nuevas rutas creativas, como revela la exposición Harald Szeemann. Grandfather: A Pionner Like Us, que estos días se puede ver en el Swiss Institute de Nueva York.

Parece que estamos en el mismo punto que entonces, pero no. A la gloria de los años ochenta y el boom de los noventa le siguieron la sobresaturación de los dos mil y, casi 20 años después, un estado de replanteamiento constante por encontrar su definición. El comisario independiente sabe que se acaba un ciclo. A la reducción de encargos y honorarios por parte de los centros de arte y museos hay que sumar cierto estancamiento en los formatos clásicos y urge salir del tedio expositivo. En su condición ambigua, curator se fusiona con currator y la exposición se convierte en novela. Sobre esa definición abierta giró la semana pasada el Simposio Internacional de Comisariado en Azkuna Zentroa, junto a Bulegoa z/b. Sobre la importancia de la mediación, el diálogo, la comunidad. Sobre la construcción colectiva y no autónoma. Sobre olvidar la pose y centrarse en los gestos. Sobre la necesidad de ejecutar lazos y construir nodos que hagan más productivo este sistema del arte, a veces aburrido de su propia desidia.

En ese afán por practicar un cambio afectivo y efectivo, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, La Casa Encendida lanza un año más Inéditos, una de sus convocatorias clásicas en materia de comisariado, que cumple ya los dieciocho. Momento también para recapitular. Sergio Álvarez Riosalido (Sabadell, 1992), Lorenzo García-Andrade (Madrid, 1991) e Inés Muñozcano (Madrid, 1989) firman las tres exposiciones ganadoras y de diferente perfil, lo que traslada un saludable interrogante que hace que cuestionemos varios límites: del pensamiento, de las premisas y de las instituciones. Sobre todo, el proyecto La pista, de García-Andrade: una pista de pádel en la Sala A de exposiciones. Una pista normal, con sus medidas propias y sus materiales reglamentarios pero que no sólo es una pista, sino el encuentro de un centro cultural con el funcionamiento de un centro deportivo mediante una obra que no termina hasta que termina la exposición. Tampoco es sólo la instalación de una pista, sino todo lo que emerge en torno a su activación, otro término reciente en torno al concepto de exposición.

Jugar, ver jugar, la vestimenta, la reserva de la cancha o el peloteo son cosas que además vemos incluso sin estar físicamente allí, gracias a las redes sociales. Sobre ellas gira Viral Identities, el proyecto de Inés Muñozcano, con una propuesta sencilla e impecable en la línea pos-Internet que tan bien recoge La Casa Encendida. A ello contribuye el trabajo de Jon Rafman, un nombre de reclamo en la escena internacional y partícipe de ese flujo a través de tendencias sociales y estéticas del que habla la exposición. Así que la apropiación despiadada encaja bien aquí. Más clásica es Un amor salvaje que arruina nuestra paz, de Sergi Álvarez, que introduce aquello que Lacan llamó “las cosas del amor”. Sólo por ver los textos de Marguerite Duras vale la pena perder la calma.