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Isidro Blasco. Espacio emergente

Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Hasta el 26 de enero de 2020
[Miguel Cereceda. ABC Cultural, 19 de octubre de 2019]

UN LAGARTO GIGANTE ENTRE LAS SALAS

Son numerosos los museos de Madrid con colecciones importantes y lo bastante significativas como para merecer una visita especial. Muchos de ellos, sin embargo, padecen el síndrome de la visita única, pues con frecuencia el público considera que ya los conoce por haber estado en él en una sola ocasión. Para combatir esta inercia, varios espacios se plantean la organización de exposiciones especiales, con la participación de artistas contemporáneos vivos, a los que se invita a intervenir en sus salas.

Mención especial merece el Lázaro Galdiano, que cuenta por sí mismo con una extraordinaria colección. Junto a las exposiciones temporales alrededor de sus propios fondos, el centro tiene, desde hace casi diez años, la buena costumbre de invitar a artistas españoles actuales a exponer allí en libre diálogo y reinterpretación de sus conjuntos. Hemos visto así en este museo maravillosas muestras de artistas como Bernardí Roig, Jorge Galindo o José Manuel Ballester, y ahora le toca el turno a dos invitados más: Guillermo Martín Bermejo, quien reinterpreta, con su personal dibujo, la imagen de dieciséis escritores aparecidos en la revista La España moderna, y el gran escultor Isidro Blasco (Madrid, 1962), con su propuesta Espacio emergente.

CON UNA YA IMPORTANTE TRAYECTORIA internacional, Blasco es un artista que se mueve a gusto entre la foto, la escultura y la arquitectura, y que ha desarrollado un lenguaje propio a base de imágenes recortadas sobre bastidores de madera, con el que ha renovado el discurso de la escultura tradicional. En su intervención en el Lázaro, Blasco ha reparado especialmente en los elementos constructivos característicos de este edificio, como las escaleras, los torreones o las barandillas, que proceden del hecho de ser una residencia palaciega privada transformada en museo.

Su pieza arranca así de unas escaleritas ascendentes, graciosamente recortadas una a una en sus tres dimensiones, que nos llevan hacia lo alto, a la vez que invitan a girar alrededor de la misma. De modo que vemos tanto la entrada a los aseos, como imágenes de las salas y de sus visitantes, las barandillas del piso superior y finalmente el torreón. Blasco construye así, con un ritmo sincopado a base de palos de madera, una especie de reconsideración arquitectónica del propio museo. Pero, lejos de presentar el conjunto una apariencia rígida o de maqueta, basta con contemplar su trabajo desde el piso superior para comprobar que se trata de una especie de animal orgánico, casi en movimiento, como si de una serpiente o de un lagarto gigante se tratara.