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José Manuel Broto

Calcografía Nacional. Real Academia de Bellas Artes. Madrid. Hasta el 10 de marzo de 2019
[Rocío de la Villa. El Cultural, 25 de enero de 2019]

LAS FORMAS EN EL VACÍO DE BROTO

Desde hace veinticinco años, el Premio Nacional de Grabado viene distinguiendo a los creadores, la mayoría pintores pero también escultores, que desarrollan las artes plásticas en su totalidad, incluyendo el grabado como otro medio más imprescindible en su producción. Es una distinción fundamental pues, en mi opinión, no hay artista plástico que se precie si no se reta con la estampación.

El elenco formado por la Calcografía Nacional, con nombres principales como Brinkmann, Clavé, Zush, Chillida, Pijuán o Tàpies (y muy pocas artistas: Felicidad Moreno y Ana Soler), desde 2011 se ha centrado en el reconocimiento a una trayectoria, con otros creadores ineludibles en la reciente historia del arte en España como Rafael Canogar, Gordillo, Plensa, Barceló, Sicilia y Torner, a quienes se suma ahora José Manuel Broto (Zaragoza, 1949), que ya fue distinguido con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1995 y para quien este premio nos parece un reconocimiento que se ha hecho esperar, teniendo en cuenta su temprana adhesión a este medio y, sobre todo, la inextricable unión con su pintura.

Hasta ahora, a ninguno de los anteriores se le había ocurrido mostrar su agradecimiento a los estampadores, imprescindibles compañeros en el proceso y “coautores” -afirma Broto-, que conforman el punto de arranque de esta muestra: un mosaico biográfico con instantáneas conjuntas del proceso de producción. Ya a mediados de los años ochenta, cuando residía en París, Broto tuvo la oportunidad de trabajar en el mítico taller Maeght, al que se sumaría su colaboración con el maestro litógrafo Michael Woolworth; y después, con Perico Simón, Pepe Bofarull, Jorge y Dora Marsá, Erika, Julio León, a quienes podemos ver en fotografías, así como de los talleres, incluido Línea de Lanzarote, facilitador de las estampaciones en gran formato en las dos últimas décadas.

Estas combinaciones de estampas son un entretenido juego visual que refleja la tenacidad de la investigación de Broto
La muestra, autocomisariada, le ha servido a Broto para ensayar un ejercicio de reflexión sobre su propia trayectoria. Influido desde sus inicios en los años setenta, cuando perteneció al grupo Trama, por el giro semiótico y deconstructivo, desde las manchas y formas geométricas cerradas de los ochenta a las trazadas gestuales suspendidas y las complejas figuras filiformes actuales, en esta exposición se constata su largo recorrido en la conquista de la libertad creativa.

El artista ha optado por combinar medio centenar de imágenes de sus principales series de las décadas de los años noventa y dos mil, periodos entre los que hay una ostensible cisura, aun manteniendo la inspiración en similares motivos en su característico combate entre figura y fondo. Es a finales de los noventa cuando Broto abandona definitivamente la influencia del expresionismo de Tàpies, con la característica gama cromática ocre y la impresión matérica sobre atmósferas brumosas, para abordar grafías cada vez más depuradas y limpias, con un colorido que va ganando brillo e intensidad, casi hasta la fluorescencia de los últimos trabajos, ya en impresión digital.

Contemplar estas combinaciones de estampas supone un entretenido juego visual en el que comprobamos una y otra vez la tenacidad de la investigación de un artista que, como pocos, ha sido consecuente con el cambio histórico, de la modernidad a la denominada posmodernidad, de la gravedad y el trauma, a la ligereza lúdica. Una adaptación al aire de los tiempos en la que, no obstante, siguen gravitando las formas planeadoras en el vacío, resultado de un objetivo constante, empeñado desde el inicio en afirmar, precisamente, la promesa de libertad.