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Juan Carlos Bracho. Arquitectura y yo / Tutti Frutti

Sala Alcalá 31. Madrid. Desde el 27 de noviembre de 2019
Centro de Arte de Alcobendas. Alcobendas (Madrid). Desde el 4 de diciembre de 2019
[Javier Díaz-Guardiola. ABC Cultural, 23 de noviembre de 2019]

«MI DIBUJO NO ES EFÍMERO. SIMPLEMENTE, DEJA DE VERSE»

La obra de Juan Carlos Bracho (La Línea, 1970) se sustenta, como ya demostró hace unos años en el Museo ABC, sobre el dibujo. Un dibujo que es acción, que se copia a sí mismo, que se nutre del error y el azar, que invade espacios… Pequeños gestos que ocupan grandes extensiones: físicas y temporales. La próxima semana se introduce en Alcalá 31. La posterior, en el Centro de Arte de Alcobendas. Madrid está de suerte…

–El título de la cita de Alcalá 31 («Arquitectura y “yo”») podría llevarnos al error de pensar que toda su obra está atravesada por esa disciplina.
–Mi trabajo tiene muchas ramas. Armando Montesinos, el comisario, lo define como una especie de arbusto en el que todo va ramificándose, pero sin un tronco. Lo contenido aquí son proyectos delimitados por una arquitectura que los acoge, a la vez que se juega con el espacio de la sala. Y ese «yo» del título se refiere a mí, pero se entrecomilla porque podríamos ser cualquiera de nosotros. El mío es un trabajo muy de acción pero lo podría hacer cualquiera en mi lugar.

–Lo que quizás sí que sustenta a todo ese arbusto es el dibujo: en apariencia mecánico, obsesivo y que tiende a lo mínimo. ¿Que hay de cierto y falso en todo esto?
–Parto de gestos mínimos, del dibujo. Pero con el tiempo ha habido una evolución en mi proceder. Los primeros trabajos contaban con un trazo, un gesto, más evidente. Los últimos, como los frotages, son pura acción, y el dibujo se convierte en una herramienta cartográfica. En esta muestra cuento por primera vez con asistentes, para que esos trabajos más impersonales los realicen ellos. Así, aquí hay piezas ejecutadas por mí, otras por asistentes, una elaborada por aquel a quien se dedicó la obra y una última ejecutada entre yo mismo y mi pareja, que me copia.

–¿Cómo se relaciona todo eso con su hábito de trabajo?
–Al tener muchas líneas, lo que lo unifica todo son mis cuadernos, que expondrán por primera vez. Ellos funcionan como bitácoras, diarios de mi labor. La pieza central, la que marca el eje de la planta inferior, es la tercera vez que la ejecuto. Otro ejemplo es la que reproducía el suelo de la galería CRUCE. Aquí se adapta al de Alcalá 31 y se recorta cuando hace falta.

–¿No le duele destrozarla?
–Es que las obras, al final, son huellas. Por eso todo el material residual se va a conservar: del polvillo que cae, a las pruebas de catálogo, cartelas… Todo se convertirá en la obra que se donará a la Comunidad de Madrid. Para mí son otros niveles de acción. Y no por una intención ecológica, sino para hacer evidente otras fases que quedan ocultas y a otros agentes que intervienen en los procesos.

-Es como si desmitificara el dibujo, la obra.
–Siempre se habla de que mis dibujos son efímeros, pero realmente, para mí, es que dejan de ser visibles. En esta muestra eso se hace evidente. Aquí quedarán piezas que se cubrirán con pintura cuando acabe la cita. Pastoral es un frotage sobre las paredes que «recupera» rastros de los artistas que expusieron antes que yo. En M sobre M me copio a mí mismo, un dibujo antiguo que hice para esta misma sala… Todo eso cuestiona qué es el gesto, qué es el dibujo, quién lo hace bien, quién mal.

–Mencionó el paisaje. ¿Cómo lo entiende alguien al que se le relaciona con lo conceptual y con el minimalismo?
–Como algo mental. Para mí, imagen, paisaje y espejo están muy relacionados. Tú te sitúas ante una de mis piezas, eso te devuelve un paisaje, como en un espejo. El paisaje es un espejo en el que te miras, un reflejo de nosotros mismos. Y una prolongación de lo construido.

–En cuanto al minimalismo, ¿lo asume como buena descripción para alguien, que, paradójicamente, vuelca tantas emociones en lo que hace?
–Para mí el minimalismo es algo cálido, sensual, para nada frío. Es una unidad de medida de tu relación con lo cotidiano, con tu espacio y tu cuerpo. Y no hay nada más personal que eso. En mi opinión, la gran contradicción del minimalismo es que apela a los sentidos. Lo subrayo además en un momento como el actual, en el que todo eso se barre, no interesa.

–Me sigue obsesionando lo de que rompa piezas.
–Ver su deterioro, para mí es positivo, te hace sentir vivo. Lo que antes era verde hoy es azul. Eso te indica que has vivido, que viste la transformación de esa pieza. La idea de conservarlo todo no va conmigo. Es luchar contra los elementos. ¿Realmente estoy destrozando la pieza? Yo lo leo como que se está apropiando del espacio.

-¿Tiene la misma ideaa para con las de los demás? ¿Es usted la bestia negra de los conservadores de museo?
–Lo que soy es muy pragmático. Lo que no quita para que sea delicado con mi trabajo. También es verdad que el mío se presta a ello. Esta es una exposición sin hitos. Tampoco, principios ni finales. Quizás arriba está más marcado el tiempo, pero puedes hacer el recorrido al revés. Y no pasa nada.

–En Alcobendas subrayará el poder creativo del error, la posibilidad de que lo ideado no se parezca al resultado final.
–Es otra revisión del trabajo de los diez últimos años basada en la idea de error. Este concepto y el de azar son básicos para mí. De hecho, muchas piezas han surgido del fallo.

–¿Le ha afectado el cambio de dirección del centro?
–Somos los últimos de una programación que se anula después. Me salvé de milagro. Me ha afectado a nivel personal. Yo trabajé ese proyecto con Belén Poole, y es triste ver cómo no va a estar con nosotros. Pero ahí se ve cómo funcionan las políticas culturales en España.

–¿Solo le ha afectado personalmente?
–No. Esto ha sido mi «no» verano, y simultaneando el esfuerzo con lo de Alcalá 31. De hecho, si yo accedí en su día a hacer ese proyecto era para sacar adelante su publicación. Allí no se ayuda a la producción. Y la publicación es lo que a mí me han cancelado.