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Leonard Cohen. A Crack in Everything

Jewish Museum de Nueva York. Hasta el 8 de septiembre de 2019
[Ángela Molina. El País, 27 de julio de 2019]

LA ERA DE LOS ESCUCHAS FLOTANTES

La ruleta de la fortuna es la misma que la que hila las hebras de la vida. Elige quién nace pero también cuándo los mortales deben salvarse o perecer. Los museos y sus musas reciben el crédito de fundar una iconografía para ellos, resucitándolos o ignorándolos. Algunos pasan de la categoría de humanos a deidades, entonces merecen sus propios tapices. El resto son un nudo de briznas que arrastran existencias quebrantadas, sísifos o escarabajos guiados por los caminos de estrellas.

En los mundos actuales del arte, saturados de artistas tramposos y compradores desbocados, los divos de la música pop son metrónomos. Veloces o lentos, sirven para ensayar nuevas fórmulas que conectan con un público no intelectualizado pero ávido de experiencias genuinas, pues que, a diferencia de muchos creadores visuales, los músicos de la revolución soul y el rock imparten autenticidad. Los museos persiguen lo que hace tiempo el cine vislumbró en ellos: un amasijo de filamentos para urdir historias de superación y glamur: el apropiacionista David Bowie (V & A Museum, 2013) es un gnomo sonriente; la feminista Yoko Ono (Guggenheim de Bilbao, 2014), un protón sobre una fina capa de hielo; la conceptual Björk (MOMA, 2015), un terrón de azúcar —en realidad, un cubito de mármol— dentro de una jaula para pájaros (Why do not Sneeze, Björk?), y la crítica institucional de Beyoncé y Jay-Z (un videoclip rodado en el Museo del Louvre, 2018), excremento de mono dentro de una lata. Está próximo el día en que las grandes pinacotecas aborden las secuelas del hipercine de moda, con los biopics sobre Elton John, Freddy Mercury y Michael Jackson. De momento, nos anuncian que el espectáculo debe continuar.

Más alto, más vibrantes
Walter Benjamin escribió que no hay culto a los ídolos de la música sin los instrumentos materiales de creación y reproducción. Play it Loud: Instruments of Rock & Roll, en el Metropolitan Museum de Nueva York (hasta el 1 de octubre), exhibe las joyas más vibrantes de la realeza del rock: la batería de The Beatles, la descoyuntada Strato para zurdos de Kurt Cobain, el disfraz de querubín de Prince o el Moog de Keith Emerson (Lake & Palmer), y quién sabe cómo demonios debieron de transportar las 40 toneladas de aquel cerebro electrónico en sus agotadoras giras por carretera.

Pentimento contemporáneo
En el Kelvingrove Museum de Glasgow (hasta el 12 de enero), Paul McCartney y sus hijas, Stella y Mary, firman la retrospectiva de la fotógrafa Linda McCartney. El día de la inauguración, el exbeatle dijo sentirse “menos culpable” de haber arruinado la carrera de su esposa (Linda Louise Eastman, 1941-1998), acreditada reportera gráfica de las revistas musicales de los años sesenta antes de ser Linda/Lady McCartney y dedicarse al vegetarianismo y a la música, como integrante del grupo Paul McCartney &
Wings.

El señor de los anillos
Convenientemente estelarizados en los dispositivos digitales de última generación, los astros musicales proyectan identificaciones en públicos masivos, como una prolongación de Hollywood. La exposición David Bowie is, en el Victoria & Albert Museum (2013), fue una obra maestra de la gestión, anunciada con la épica de un Lord of The Rings. Sólo en el museo londinense contabilizó 1,5 millones de visitas, sumadas a los centenares de miles en su gira por 11 ciudades de todo el mundo. Retocada constantemente como una escultura, se adaptó a cada museo (en Tokio, el tema fue el vestuario del diseñador favorito de Bowie, Kansai Yamamoto; y en Berlín, sus colaboraciones con Iggy Pop) con 500 objetos personales, películas y pinturas hechas por el músico británico que tocaban todo el teclado del expresionismo centroeuropeo (Kirchner, Nolde. Schiele, Macke y hasta Munch). Un pulpo.

El Duque Blanco murió a principios de 2016. Faltaban pocos días para la clausura en el Groninger Museum de Holanda cuando la empresa promotora decidió mantener la gira con el mismo título, David Bowie is, en tiempo presente. La estrella musical seguía siendo la obra de arte. El 8 de enero de 2018, coincidiendo con su aniversario, la exposición se colgó en la nube mediante tecnología RA (Realidad Aumentada), disponible para los “escuchas flotantes” (Walter Benjamin) de cualquier lugar del mundo.

Duelo, nostalgia y ‘Hallelujah’
El último en incorporarse al cenotafio de las parcas ha sido Leonard Cohen, fallecido en 2016, semanas después de publicar su último álbum, You Want it Darker, y cuando el Musée d’Art Contemporain de Montreal preparaba una retrospectiva del “poeta total”, que incluiría sus dotes como dibujante, las mejores versiones de sus canciones hechas por músicos de todo el mundo y una docena de esculturas, vídeos e instalaciones de artistas que usan su imagen y escritura como material de sus obras. Se inauguró finalmente en noviembre de 2017, y lo que iba a ser una celebración en vida se transformó en una experiencia solemne de nostalgia.

El Jewish Museum de Nueva York la exhibe ahora bajo el título A Crack in Everything, un verso de la plegaria filosófica ‘Anthem’ (1992) que pide mantener la luz de la esperanza en las fisuras (“olvida tu ofrenda perfecta, hay una grieta en todo, así es como entra la luz…”). La exposición es inmejorable y, en efecto, una hendidura radiante por donde penetran los trabajos de 12 artistas, con el preámbulo del hipnótico vídeo Passing Through, de George Folk, proyectado en una pantalla de 360 grados que resume medio siglo de carrera musical y literaria en la que brillaron, con parecida intensidad, la esperanza y la pérdida. Los dados están trucados… everybody knows.

Ofrendas casi perfectas son la película minimalista de Tacita Dean.
Ear on a Worm (3’, 28’’) con la imagen de un pinzón posado sobre un cable que advierte de lo pegadizos que pueden ser algunos estribillos; el filme en 3D de John Rafman (Legendary Reality), con un narrador encerrado en su propia mente que lleva las letras de Cohen a un lugar de sueños (“When I couldn’ t sleep / I learned to write”); y la instalación de Janet Cardiff & George Bures Miller (The Poetry Machine), que mezcla diferentes tipos de amplificadores y un órgano Wurlitzer que tiene las teclas manipuladas; cada una contiene una grabación con el músico recitando poemas de Book of Longing.

La obra que lleva su voz de oro a la categoría de ready made está firmada por el colectivo de diseñadores Daily Tous les Jours y se compone de un teatro octogonal y una website (secretchore.com) que opera como un canal de una sola canción, permitiendo a los internautas sumarse en tiempo real a un coro perpetuo que canta “Halellujah”.

Cuerpos conectados y escuchas en suspensión. El aura en declive cedce el paso a los viejos ídolos de la música y sus excepcionales efectos de presencia. Alabados todos.