Prensa

Artistas

Series

Ofertas

Catálogos

Precios

Comprar

Información

Prensa

Mercedes Azpilicueta. Bestiario de lengüitas

CentroCentro. Madrid. Hasta el 19 de enero ded 2020
[Miguel Cereceda. ABC Cultural, 16 de noviembre de 2019]

NO ES FÁCIL SER MERCEDES AZPILICUETA

Es difícil ser artista. No basta con hacer cosas bonitas o asombrosas. Tampoco es suficiente sorprender o emocionar al público. Es necesario además ser original, crear algo completamente nuevo. Por eso precisamente el arte se transforma. Deja de ser una mera producción de objetos exquisitos para convertirse en acción o en instalación.

La argentina Mercedes Azpilicueta trabaja dentro de la doble tradición de la performance y de la instalación. De hecho, sus instalaciones parecen más bien escenarios de alguna de sus acciones. A pesar de que, en su cita –titulada Bestiario de lengüitas– aparecen vídeos, dibujos y esculturas, todo su trabajo se articula dentro de este registro teatral. La exposición se recorre como si se tratara de la visita a un teatro, con su vestíbulo, su escenario, sus bambalinas y camerinos, y, en cada una de estas secciones, la artista va presentando diversos elementos que tienen parcialmente que ver con la imagen y el trabajo de la mujer.

El esfuerzo de interpretar
Ya no es posible juzgar estéticamente este tipo de cosas. Uno no puede acercarse por allí y decir: «¡Oh, qué bonitos vestidos ha cosido la artista en compañía de sus amigas!», «¡Oh, qué coros tan simpáticos!», «¡Oh, que maravillosas esculturas de cañas y barro!». Ahora se necesita el esfuerzo de la interpretación. Uno pone al respecto toda su buena voluntad y se apresta a leer el catálogo que acompaña la exposición, que se encuentra gratuitamente a disposición del público. Y solo entonces lo que inicialmente parecía una mezcla confusa de temas y lenguajes se convierte en una mezcolanza indigesta de objetos y de ideas, y en una exposición definitivamente infumable.

La artista afirma colaborar con muchas otras artistas, diseñadoras, sastras, cantantes de coro e investigadoras de distinto pelaje y condición. Entre todas ellas parecen ir cocinando tópicos vagamente feministas, etnográficos y antropológicos, según los cuales, al parecer, la brujería y la santería son los primeros antecedentes del feminismo contemporáneo. Por eso, Azpilicueta no duda en organizar rituales de purificación por las salas. También por eso coquetea con los olores y las plantas, las tradiciones botánicas y científicas que mezcla sin pudor en la exposición con invocaciones a las meigas y hasta con los chotis madrileños.

Desde Beuys, muchos han sido los artistas que han desarrollado rituales chamanísticos para ejemplificar los poderes curativos del arte. Particularmente en Brasil ha habido algunos, como Lygia Clark o Ernesto Neto, que han coqueteado con antiguas prácticas rituales y con el uso de hierbas, aromas y bebedizos, para añadirle una nueva fuerza simbólica a su trabajo. Pero en el caso de Azpilicueta, uno tiene la amarga sensación de que aquí lo que se mezclan en la pócima son tópicos insustanciales y manidos. La cosa no tiene finalmente un pase. El preparado ideológico resulta en conclusión una bazofia, en la que no hay una idea sensata que aparezca bien desarrollada o bien articulada. La artista afirma «reactivar dispositivos de conocimiento protocientíficos que han caído en desuso» y reivindica –cuarenta años después de Omar Calabrese– una estética neobarroca. Pero ni por esas.

No es fácil ciertamente ser artista.