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Místicos. Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, luz en el Siglo de Oro

Antigua Iglesia de la Compañía de Jesús. Caravaca de la Cruz (Murcia(. Hasta el 8 de enero de 2019
[Juan Francisco Rueda. ABC Cultural, 29 de diciembre de 2018]

MISTICISMO, CUESTIÓN DE IDENTIDAD

Son muchos los argumentos que convierten esta exposición en ejemplar. Y no sólo como perfecta puesta en escena, o por la pertinencia de la empresa y discurso: también por una serie de implicaciones que exceden el espacio de lo expositivo. Místicos, que aborda las figuras de los grandes místicos Santa Teresa y San Juan de la Cruz y su influencia para la cultura y la creación artística durante el Barroco, supone una indudable iniciativa de valor patrimonial, dado el altísimo número de restauraciones generadas; como ejercicio científico ha supuesto nuevas atribuciones y dataciones; así como por la valentía de intentar rescribir el relato respecto al misticismo desde la periferia, ajena a una institución referencial y a un « cómodo » escenario «central», aunque cabría entender Caravaca de la Cruz como «centro», ya que, junto a Segovia, son las dos únicas ciudades en las que Santa Teresa y San Juan de la Cruz fundaron por separado conventos. Pero pudiéndose conformar con una exposición como ésta, que cuenta con casi medio centenar de obras de autores como Luis de Morales, El Greco, Alonso Cano, Gregorio Fernández, Ribera, Mena, Valdés Leal o Francisco y Nicolás Salzillo – algunas, auténticas obras maestras–, desde el comisariado se ha optado por reflexionar acerca del misticismo como actitud que excede una época. Para ello, se incluyen obras de Saura, Tàpies, Lucio Muñoz o Chillida, a las que se les unen las de dos artistas actuales como Nico Munuera y Santiago Ydáñez, el último, con un monumental lienzo creado ex profeso e in situ, que ocupa el altar mayor de la iglesia de la Compañía de Jesús.

La médula del asunto
Del mismo modo, el discurso tampoco gira exclusivamente sobre la médula del asunto, sobre las figuras de Santa Teresa y San Juan y de cómo se constituyen, a través de sus ejemplares vidas y sus escritos, en fragua de la mística cristiana e inspiración para los artistas del Siglo de Oro. A saber, se hace un esfuerzo por explicar el contexto sociopolítico a través de imágenes de ese momento, de modo que el visitante accede al mapa geopolítico; al estimulante debate respecto a la hibridación de paganismo y cristianismo, en el que el teórico Pablo de Céspedes se afanó en los primeros años del XVII; a la «carrera hispana» por las reliquias y la superstición aparejada a ellas y a otros cultos –las mismas que pondría en cuarentena el Concilio de Trento–; la no menos desaforada urgencia por las canonizaciones que llegaron a ser masivas, desoyéndose la Iglesia pos- trentina a sí misma; el uso político de las imágenes en una sociedad que asume ya el poder de éstas y una serie de rasgos en su uso que consideraríamos modernos (ficción, apariencia, simulacro); las dosis de contrapoder que representaban ambos santos, auténticos reformadores; o cómo las empresas nacionales en pos de abrazar y defender la religión fueron, en parte, sustentadas mediante lo procedente de la España de Ultramar. Todo esto evidencia cómo la exposición se convierte en el siempre deseado relato en imágenes que, como si hiciera suya las premisas de Trento, con elocuencia, persuade e instruye al espectador.

La cita se convierte en una constante travesía por obras excelentes y exquisitas que, afortunadamente, se alían para hacer que el relato se sostenga y sea efectivo. Ese deambular expositivo también nos lleva a recorrer la abrumadora iconografía de una cultura visual proRelicario con los dedos de San Juan de la Cruz «San Pedro penitente», por José de Ribera fundamente simbólica como es la del Barroco. Se dan confrontaciones sumamente enriquecedoras e ilustrativas, como el Cristo flagelado de Gregorio Fernández (1616) y el Ecce Homo (1670) de Murillo, revelando posiciones y sensibilidades distintas respecto a la representación que obedecen no sólo a distintos momentos, también a los focos de procedencia de sus autores, mucho más expresivo el castellano y tremendamente mesurado y hedonista el andaluz.

En espíritu
Buena parte del conjunto, que acusa una desbordante manifestación espiritual, ejemplifica las vías para la mística, para alcanzar la unión con lo divino. Como principal ejemplo, se acumulan obras que escenifican el arrobamiento, la expresión de exaltación sensorial ante algo extraordinario, una suerte de desocupación corporal que hace al que lo sufre hallarse entre dos mundos, entre lo humano y lo divino. Proyectar el misticismo y avistarlo desde una concepción diacrónica (a lo largo de la Historia y hasta la actualidad), viene a coronar la muestra y le aporta un valor trascendental. Con ello, y especialmente gracias a la obra de Munuera, se abre la posibilidad de ponderarlo a otros sistemas de pensamiento y creencias, como el zen y, dentro de él, con una experiencia como el satori. No menos trascendental es la derivación de la manifestación de la mística como elemento de una identidad artística de «lo español». Extremadamente pertinente es la presencia de autores ligados al Informalismo, afines al misticismo, y que fueron comprendidos en el exterior, en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, como reformuladores de la tradición y alma hispanas.

Precisamente, el asunto de la mística surge en esas fechas en un escenario como la literatura gala. Cuando Bataille publica en Francia en 1943 La experiencia interior es «acusado» por Sartre de ser un «nuevo místico». Bataille, quien había ambientado parte de su Historia del ojo en el Hospital de la Caridad de Sevilla, donde se hallan las Postrimerías de Valdés Leal que siguen al Discurso de la verdad de Mañara (estuvo en un eremitario carmelita), asume esa «acusación» y advierte de la influencia de España, de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz.