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Nasca. Buscando huellas en el desierto

Espacio Fundación Telefónica. Madrid. Hasta el 19 de mayo de 2019
[Elena Vozmediano. El Cultural, 1 de marzo de 2019]

VUELO MÁGICO SOBRE NASCA

No se trata de una de esas exposiciones sobre momentos gloriosos de la Historia diseñadas para atraer a las masas, hilvanadas con obras de segunda prestadas por museos de primera. Es una exposición seria -no se asusten por el componente multimedia, por otra parte comedido- que tiene en cuenta las más recientes investigaciones arqueológicas llevadas a cabo por equipos internacionales, con especial afán de alemanes, suizos y peruanos, y que se ha armado con importantes piezas procedentes de colecciones peruanas, la mitad de las cuales son del MALI (Museo de Arte de Lima). Resume la gran muestra que se vio en 2017 en Zúrich, Bonn y el propio MALI sobre Nasca, o Nazca, cultura universalmente conocida por las enigmáticas líneas que dejó marcadas en el desierto, solo descifrables a vista de pájaro, de la que, sin embargo, sabemos bien poco en España. Y eso que, pásmense, el Museo de América custodia una colección de unas ¡1.300 vasijas nasca! cuyo origen se ignora -llegaron desde el Museo Arqueológico Nacional-; algunas vieron la luz en la exposición Y llegaron los incas (2006) pero la gran mayoría nunca ha salido de los almacenes.

Quizá el capítulo más atractivo de la muestra sea el de los fardos funerarios que envolvían las momias de los poderosos
Ha existido un relativo desinterés hacia Nasca frente a culturas del Norte de Perú, como la Moche -piensen en Sipán-, o más tardías, como la Inca, y esta muestra comisariada por Cecilia Pardo y Peter Fux se esfuerza en corregirlo. Aunque queda mucho por hacer. Incluso las líneas o geoglifos, incontables, fueron mapeados solo cuando la fotografía aérea permitió abarcarlos en toda su magnitud y hasta hace poco no se han empezado a estudiar en el contexto de los asentamientos cercanos y de sus vestigios materiales. Una de las razones para esa falta de prisa es que carece de monumentalidad y de “tesoros”: su principal núcleo y centro espiritual, Cahuachi, se construyó en adobe y no dejó palacios o templos. Sus grandes monumentos están a ras de tierra -los geoglifos, esos frágiles gigantes- o bajo ella: la red de canalizaciones y puquios que les permitió aprovechar el agua de los ríos que bajan de los Andes y, exhaustos, se filtran al subsuelo en los valles, uno de los entornos más áridos e inhóspitos del planeta. Así, según los científicos que han examinado suelo y huesos, no solo alcanzaron una calidad de vida aceptable sino que desarrollaron un sistema de creencias y prácticas religiosas con una rica iconografía que dibujaron en la arena de las pampas, en el barro de la cerámica y en los textiles, con maestría heredada de sus ancestros de Paracas. En Nasca y en Palpa, donde los geoglifos sí son visibles en las faldas de las colinas, y durante más de 800 años: desde el 200 a.C. al 650 d.C. La creciente sequía hizo que esta civilización se evaporara finalmente casi un milenio antes de la llegada de Pizarro.

Obviamente, los geoglifos no pueden traerse. Pero los entrevemos en las proyecciones didácticas y, más vívidamente, en las fotografías y audiovisuales de artistas contemporáneos -Luz Mª Bedoya, Javier Silva, Cecilia Vicuña, Billy Hare, Thomas Struth, Edward Ranney- que nos trasladan una fascinación inseparable de la frustrada pulsión de mirar con los ojos unas formas que -parece hoy consensuado- se leían con los pies y con la visión interior, psicotrópica, en procesiones en las que se hacía música y se consumían cactus alucinógenos. Tales ceremonias refrendaban su honda unión con el paisaje sagrado que les daba sustento a través de la agricultura y, en la costa, de la pesca. Mucho de lo que sabemos de ellas, y de su forma de vida, procede de las cerámicas pintadas, que fueron abundantísimas. En la exposición se han agrupado por temas y así vamos conociendo la flora nutritiva y mágica, la fauna real y mítica, la acción mediadora de los sacerdotes voladores y seres sobrenaturales, la importancia de la música -estupenda sección con instrumentos musicales, incluyendo un enorme tambor de barro que compendia la cosmovisión Nasca- el culto a los ancestros a través de las cabezas cortadas y momificadas o la progresiva influencia, en una sociedad básicamente pacífica, de una clase de guerreros que toma fuerza cuando Cahuachi pierde la supremacía.

Pero quizá el capítulo más atractivo de la muestra sea el dedicado a los fardos funerarios que envolvían las momias de los poderosos, en los que se superponían multitud de maravillosos textiles bordados con lana de cámelidos en intensos colores, cuya conservación -por la aridez- es milagrosa, además de objetos suntuarios. Los que vemos fueron excavados en Wari Kayan por Julio C. Tello, e incluyen finas cenefas con figuras humanas o híbridas y diseños con formas naturales como flores y aves. Atinadamente, se muestran las acuarelas -con propósito científico pero con cualidades artísticas- que hizo Alejandro González Trujillo en los años 20, cuando se descubrieron los fardos, en el proceso de su apertura.

Es una pena que el Museo de América, que trajo hace unos años (en 2009) la estupenda muestra Mantos para la eternidad: Textiles Paracas del antiguo Perú y que se ha unido al programa Perú en ARCO con La iconografía de Felipe Huamán Poma de Ayala, no haya colaborado con el MALI en este proyecto. La arqueología americana es aquí un yacimiento a desvelar.