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Olga Picasso

Museo Picasso Málaga. Málaga. Hasta el 2 de junio de 2019
[Juan Francisco Rueda. ABC Cultural, 2 de marzo de 2019]

OLGA-PABLO, ARMONÍA Y DOLOR

En 1921 nacería Paul, primer hijo de Pablo Picasso y Olga Khokhlova (Ucrania, 1891– Francia, 1955). Picasso estrena paternidad pero ya es un gigante artístico. En ese 1921, Louis Aragon publica Aniceto o el panorama, un relato sobre la bohemia parisina de principios del XX. Picasso, casado con Olga en 1918, un año después de conocerla en Roma mientras ejecutaba la escenografía y figurinismo de Parade, la primera de las colaboraciones que hasta 1924 mantendría con los Ballets Rusos de Diághilev, ya no habita en el frío y destartalado Bateau Lavoir de sus inicios parisinos, como tampoco en esa bohemia en la que se forjó; sin duda, los veraneos de los años veinte, junto a Olga, bailarina de los ballets, en Fontaineblau y la Costa Azul marcan distancia. Aragon lo incluye en su novela como Bleu, un exitoso y famoso pintor que, no sin melancolía, visita aquellos lugares y compañeros de lucha que parecen no haber cambiado de clase social, como él. En 1923, en una velada dadaísta en el Teatro Michel, Massot da a Picasso por «muerto en el campo de batalla». La llegada de Olga a la vida de Picasso, además de posibilitar instituciones como el matrimonio y la familia (tradicional) o establecer junto a él un modus vivendi lejano a sus precarios comienzos en Francia, parece inaugurar un momento de oscilación y convivencia de opuestos en la creación del artista, quien, igualmente, pivota entre la figura del bon-vivant, como si esto deslegitimase lo experimental de su trabajo, y la del creador rupturista y transgresor. En cualquier caso, esa mirada al fenómeno-Picasso, esa dialéctica socio-artística impuesta desde un «afuera», puede ser interiorizada por el propio artista como conflicto convertido en energía, como retroalimentación creativa, como exigencia de transgresión.

Cambios de sentido
Olga se convierte en esta exposición en el hilo conductor para abordar un periodo intensamente fructífero y nos pone ante una profunda disquisición en el estudio de «lo picassiano»: el valor de la biografía para la comprensión de la obra del malagueño: ¿todo debe supeditarse a lo autobiográfico? Picasso supo intrincar su vida con relatos de diversa índole: el acarreo de materiales del acervo cultural, la actualidad sociopolítica, los medios de masas contemporáneos o la asimilación de la mitología hasta camuflar personas de su entorno bajo dioses y héroes. Todo ello queda entretejido haciendo difícil interpretar símbolos e iconos –signos, al fin y al cabo– que se instrumentalizan autobiográficamente y que llevan adheridos una carga cultural, cambiando constantemente su sentido en función al contexto.

La exposición, en la que conocemos más y mejor a Olga, es apabullante, no sólo por el número de piezas «picassianas» (133) y por lo abundante de los documentos y objetos ( 218), también por la entidad de muchas de las obras. No parece menor la honestidad con la que se proyecta la figura de Picasso, como un ser que provoca sufrimiento pero que también es consciente de ello y lo lleva, quizás asumiendo la culpa y expiándola, a numerosas imágenes. Olga, en los primeros compases de la relación, en plena rappel à l’ordre, ejemplificaría la contención, la mesura, la armonía, el ethos, la melancolía.

Olga pasa a encarnar el modelo neoclásico picassiano, aunque éste es modulado, desde la estilización y un grafismo «ingresco» a la rotundidad arcaica o preclásica. Su hijo Paul también es retratado aplicando la dulzura. Sin embargo, Picasso, fiel a su nomadismo lingüístico, no sólo se expresará a través de la figuración y el idealismo, ya que, en paralelo, el cubismo sigue vigente. He ahí un rasgo dialéctico. No obstante, a partir de 1927, cuando conoce a Marie Thérèse Walter, la angustia, el miedo, el pathos y el terror, rasgos antitéticos a lo clásico, irrumpirán en su universo.

Amenazante Medusa
El clasicismo y las fuentes mitológicas –piensen en sus ilustraciones para Las Metamorfosis– se mantienen, pero el monstruo hace aparición: la amenazante Medusa marca lo que Eugenio Carmona bautizó como «Picasso del desasosiego». Son años –no olvidemos– de la «belleza convulsa» bretoniana y de «lo informe» batailleano. Las más de las veces, esa Medusa de cabellos de sierpes y mirada petrificadora pasa a ser la otrora mesurada Olga. En su imaginario, la violencia se apodera de parejas de amantes, mientras que, en los treinta, la corrida de toros y el Minotauro, otro alter ego picassiano, escenifican el dolor y la intensidad emocional instalados en las vidas de Picasso y sus parejas. En él conviven, oscilantes, la armonía y lo expresivo, lo clásico y lo surreal, el dolor y la esperanza, la víctima y el verdugo.