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Pedro Cabrita Reis. Work (Always) in Progress

CGAC. Santiago de Compostela. Hasta el 2 de febrero de 2020
[María Peña Lombao. ABC Cultural, 14 de diciembre de 2019]

CABRITA REIS DESDOBLA EL CGAC

«O sal das minhas lágrimas …de amor / Criou o mar que existe entre nos dois / Para nos unir e separar». Así empieza un tema cantado por Amália Rodrigues y Vinicius de Moraes. Lo más llamativo de Work (always) in Progress, es que dos creadores portugueses, colegas, se encuentren en el mismo espacio: Siza Vieira, arquitecto, y Pedro Cabrita Reis (1956) artista. En todo momento, las obras de Reis parecen estar hablando por teléfono con los muros y vanos del CGAC. Donde Siza abre un doble espacio (sala reservada a las delicatessen), Cabrita Reis clava una viga (Caído, 2019). Antes que romperlo, esa viga ensalza el muro. Le interrumpe el sueño.

A lo largo de la aplastante carrera del lisboeta, las referencias a la construcción, a los elementos arquitectónicos o al habitáculo son constantes. Object trouvé, object trouvé, object trouvé, más incansables horas de trabajo y diseño conceptual, et voilá. A mayores, un lápiz, una manta, una camisa o los envoltorios de las cajas de puros que fuma a diario, entre los vestigios museizados. Por más grande y pesada que resulte una obra, siempre la acompaña un golpe de azar que aligera unos cuantos kilos el resultado formal.

LAS INSTALACIONES DE REIS, despojos industriales reconsiderados como obras de arte (reminiscencias al povera y al minimal), contienen ladrillos, neones, cajas de fluorescentes, maderas, hierros, ventanas, módulos y más módulos… De tal forma que el CGAC parece un jardín de árboles artificiales sin copa. Ambos creadores giran alrededor de los dos grandes epitafios de la melancolía como género artístico: el hombre, la naturaleza. El silencio, la pregunta. Los gestos de uno sobre otro. Los elementos constructivos que dan forma al CGAC se encuentran también en la trayectoria de Reis pero desordenados, rotos, apilados y semánticamente apoyados los unos sobre los otros de manera más pasional. Con lo cual, en esta individual podríamos ver dos edificios en uno. A grandes rasgos, la obra de Siza, planos blancos; la de Cabrita, superficies descascarilladas y diagonales.

Dos de sus piezas, ubicadas en el exterior, se aprecian desde dentro. A través de ellas se escucha toda una conversación en línea, de dentro afuera del museo o viceversa. Dos artistas que siguen madurando, desde el siglo XX que les vio crecer, hasta hoy, en el que la extravagancia del uno y la dulzura del otro conviven en el mismo recinto.

Y así, como el gato y el ratón, van pasando una tras otra las más de 30 propuestas que el portugués encaja en tan peculiar estructura museística. Si fueran fenómenos climáticos Cabrita sería un incendio y Siza una inundación. Algo de pirómano tiene el trabajo del primero. Y algo de bombero la obra del segundo. Dos románticos empedernidos que acaban por encontrarse.