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Una mirada atrás: Giorgio Morandi y los maestros antiguos

Museo Guggenheim. Bilbao. Hasta el 6 de octubre de 2019
[Noemí Méndez. ABC Cultural, 27 de abril de 2019]

GIORGIO MORANDI SE REPITE

La exposición que el Guggenheim de Bilbao dedica a la figura de Giorgio Morandi (Bolonia, 1890-1964) bajo el título Una mirada atrás: Giorgio Morandi y los maestros antiguos, pretende mostrar la admiración ejercida por el artista italiano hacia algunos creadores del Siglo de Oro español, y, a la par, el redescubrimiento en Italia de sus principales maestros.

La cita del centro vasco está distribuida en tres partes, de tal modo que los tradicionales pequeños formatos de las pinturas-bodegón del italiano dialogan con piezas de la pintura española del siglo XVII como El Greco bajo el epígrafe de «Morandi y la tradición del bodegón»; el naturalismo del Seicento italiano de Crespi («Lo Spagnolo » ) en «Un nuevo incamminato »; y la geometría e intimidad de Chardin en «Espacio y matière ». Dentro de lo monótono que pueda parecer revisar los infinitos bodegones del italiano, la confrontación de sus piezas con la de maestros referenciales de la pintura aporta un punto estimulante que ayuda, en cierta medida, a incidir en otras claves del autor.

Luces y sombras
La espiritualidad, la observación, la paciencia, la pintura por la pintura o el misticismo implícito en la concentración constante del pintor en los elementos cotidianos que el mismo organizaba en su estudio y pintaba de manera constante y reiterada son apuntes que surgen al observar la selección. Luces, sutiles sombras y delicadas pinceladas que, en ocasiones, se acentúan por una superior carga matérica que acompañan al ritmo de quietud y contemplación que destila el conjunto.

La relación de Morandi con Di Chirico –por ejemplo– y, por extensión, con la pintura metafísica, es otra lectura subyacente de un recorrido que se ha organizado por épocas en torno a estas figuras referenciales para el autor. Según la comisaria, Petra Joos: «A través del análisis de las naturalezas muertas que realizó de 1920 hasta 1960, la exposición examina las conexiones que pueden establecerse entre estas imágenes y las de los autores a quienes Morandi admiró y estudió». Dos de los que más le influyeron fueron Crespi y Chardin, y de ello dejan constancia las paredes dedicadas a las obras de estos maestros en el Guggenheim. Las estilizadas botellas de sus bodegones nos transportan a las torres de su Bolonia natal, y referencias a la Historia del Arte, influidas por las diferentes escuelas de pintura europea que rodean su práctica, desembocan en las naturalezas muertas que realiza a partir de los años veinte. Curioso que, en pleno auge de las vanguardias, en plena explosión social de exceso, lujo y carpe diem, Morandi recurriera a la pausa, la tranquilidad, la observación y lo austero en sus imágenes.

Monotonía evidente
Tener tans piezas del italiano en diálogo con sus antecesores es, sin duda, una ocasión maravillosa de interiorizar los sutiles matices del pintor, pero, no puede obviarse que, quizás, para un espectador no iniciado, la repetición del italiano en su persistente temática puede resultar algo monótona a nivel expositivo. Para otros, más eruditos, tal vez la continua expresión de sus objetos inanimados conduzca a una mayor comprensión de las vanguardias cercanas al artista, como fueron el Cubismo y la Obstracción.

Otra de las investigaciones constantes que forman parte de la muestra es la luz. Morandi, casi recluido en su estudio en su Bolonia natal, reciblaba objetos de uso cotidiano para investigar los sutiles cambios cromáticos, mientras sus contemporáneos se sumergían de lleno en el pleairismo y los cambios cromáticos veloces, pareciendo estar ajeno a todas las vanguardias que le rodeaban, pero, en realidad, bebiendo de ellas.

Estas exposiciones de fondo que viene haciendo este centro, son, desde un punto de vista práctico, de un gran valor; y es que, para hacer justicia, la zona didáctica que acompaña la muestra ayuda a configurar una visión más amplia de los recursos del artista. Al final, el trasfondo metafísico, la mística, el stimmung de sus creaciones, el poder de a filososfía intrínseca en el trabajo del italiano sólo puede ser analizada desde la más absoluta contemplación pausada.

Desde lo espiritual en el arte lo relacionamos con Kandinsky, pero esta, la espiritualidad, no sólo le pertenece de manera exclusiva, ya que las vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo XX nos han traído una conexión y complejidad de discursos, entrelazados entre sí, que, desde lo contemporáneo, invitan a revisar diferentes lecturas para cada uno de los creadores de ese momento tan prolífico de la Historia del Arte.