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Velazquez, Rembrandt, Vermeer. Miradaqs afines

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 29 de septiembre de 2019
[Rocío de la Villa. El Cultural, 28 de junio de 2019]

ADIÓS A LOS VIEJOS RELATOS

Miradas afines presenta una interesante lección con préstamos excepcionales. El Bicentenario del Museo del Prado «para todos», sin aspavientos, está mostrando su poder para renovar los relatos tradicionales y sus firmes alianzas con otros museos principales. La revisión de la vieja concepción nacionalista en el origen de la historia del arte y en su constitución como disciplina moderna es la tesis de esta exposición. Aboga por la prevalencia de las tradiciones artísticas paneuropeas compartidas sobre los nacionalismos, tomando como objeto de análisis la confluencia entre las edades de oro de la pintura española y de la holandesa, que desde el principio fue interpretada como símbolo cultural del surgimiento de una nación, tras la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) y su independencia de España.

Es innegable que, de fondo, se encuentra aquí un debate ideológico del que hoy en día hablamos españoles y europeos. Pero también que Alejandro Vergara, Jefe de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte del Museo del Prado, parte de las opiniones expresadas sobre las coincidencias entre los maestros por destacados artistas durante la modernidad frente a los historiadores. Y que va desgranando sus argumentos con armas propias, en un montaje que convence desde su inicio, con un intuitivo juego de reconocimiento visual sobre el motivo iconográfico de la vestimenta. Para dar paso a un recorrido por géneros pictóricos (historia, retratos, bodegones) que subrayan una sensibilidad compartida en estilos y temas (realismo y austera espiritualidad), entendidos tradicionalmente como exclusivos tanto de la escuela española como de la holandesa. Hasta la demostración final con criterios puramente formales: el común «pintar grosero», con sueltas pinceladas, fruto de la influencia de Tiziano en ambas escuelas nacionales.

Es divertido confundir, y a veces acertar, los autores que retratan en una y otra nación a nobles vestidos de negro, una moda cuyo origen común era el gusto de la casa ducal de Borgoña, pero que en este periodo había caído en desuso en el resto de países europeos y que obligaba a los pintores a enfrentarse a la resolución de problemas semejantes. Así como también en la segunda mitad del siglo XVII en Europa, a excepción de España y Holanda, había cedido el compartido realismo, herencia de Caravaggio, que humanizaba a dioses y héroes. Es interesante recordar que, aunque el bodegón fuera cultivado en toda Europa, tradicionalmente ambos países se han considerado especialistas no sólo destacados, sino primeros en las vanitas.

Las claves de tantas coincidencias se encuentran en dos breves pero sustanciales capítulos de esta exposición que explican los sucesos históricos compartidos y tres casos de estudio de las relaciones que continuaron existiendo entre artistas, coleccionistas y marchantes de ambos países. Con mención especial a la tela de Murillo Cuatro personajes en un peldaño en un estilo sarcástico poco cultivado en nuestro país, destinada a Holanda, que pudo verse por primera vez en España hace unos meses en Sevilla y que sigue siendo un privilegio contemplar ahora en Madrid.

Está entre las decenas de telas excepcionales que se encuentran en esta exposición de 72 pinturas. Porque, digámoslo ya, esta sobresaliente muestra con los maestros holandeses Frans Hals y Vermeer hubiera sido imposible sin el Rijkmuseum y otros museos de los Países Bajos, que han querido compartir con el Museo del Prado el año Rembrandt prestando cuadros que no suelen viajar, y que se combinan aquí con muy selectos Grecos, Murillos, Velázquez, Zurbaranes y Riberas de la propia colección.

Pero también estaríamos ante una exposición distinta de no haber sido ideada a partir de un pendant imaginario: la Vista del jardín de la Villa Medici en Roma y La callejuela, de Velázquez y Vermeer, con similar formato y composición, con pequeños personajes que no hacen nada especial. Pendant con el que ahora se cierra el recorrido y que ha dado lugar a toda una serie de parejas. Unas, gracias a las que admiramos a otros pintores holandeses menos conocidos en nuestro país: los excepcionales retratistas Carel Fabritius y Werner van den Valckert junto a El Greco y Velázquez; las maternidades de Nicolaes Maes y Gabriel Metsu; y contiguo al San Andrés de Ribera, el Job de Jan Lievens, pintor que en su juventud rivalizó y compartió estudio con Rembrandt.

Y otras, parejas de cuadros inefables: los excelentes retratos de matrimonios nobles de Frans Hals y de Velázquez; dos obras maestras absolutas como Los borrachos al lado de Los oficiales del gremio de pañeros de Ámsterdam (Los síndicos); el Arquímedes del taller de Ribera junto a El Geógrafo de Vermeer; y los desnudados Marte de Velázquez y Mujer bañándose en un arroyo de Rembrandt, de la National Gallery londinense.

Por supuesto, hay así mismo pinturas que hablan por sí mismas, como el vigoroso Retrato de hombre barbado con gola de Frans Hals, procedente del Metropolitan Museum. Y los retratos prestados de Rembrandt que pespuntean su trayectoria: el «juvenil» Retrato de anciano (Alegoría de la Pereza); el de «media carrera», Tito, el hijo de Rembrandt, en hábito de monje; y el tardío y sabio Autorretrato como el apóstol san Pablo, ante los que nos quedaríamos horas. Pero además es la oportunidad de volver a ver, una vez más pero en otro contexto, maravillas de la colección del Prado, como La resurrección de Lázaro de Ribera, La incredulidad de Santo Tomas de Matthias Stom y Judit en el banquete de Holofernes de Rembrandt.