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Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 29 de septiembre de 2019
[José María Herrera. ABC Cultural, 22 de junio de 2019]

REALIDADES UNIVERSALES, FRENTE A FRENTE

Miradas afines es el nombre de la exposición que se inaugurará el próximo día 25 en el Museo del Prado. Su objetivo es reflexionar acerca de las tradiciones pictóricas de España y los Países Bajos durante el siglo XVII. Pese a que la inercia académica considera divergentes ambas tradiciones, el comisario, Alejandro Vergara, cree que son más las coincidencias. La visión nacionalista deja fuera lo esencial. Basta con confrontar sin prejuicios los cuadros de los principales pintores españoles de la época (incluido El Greco) con los de los pintores holandeses para comprobarlo.

Yo celebro siempre cualquier iniciativa encaminada a relativizar la idea de nación, un fósil sentimental que bloquea nuestras posibilidades de mejorar el mundo. Creo, además, que poner de manifiesto que los artistas señeros son irreductibles a los estereotipos ideológicos, debería ser una obligación de las instituciones culturales. Como dijo perspicazmente Karl Kraus, la misión del auténtico artista es tratar de impedir que la verdad (lo que se toma por tal en un momento dado) nos aplaste. Otra cosa es que luego la tradición se las apañe para integrarlo e incluso convertirlo en su quintaesencia, como sucedió con Rembrandt o Velázquez, a quienes se identifica con el alma holandesa o española. ¿ Rembrandt holandés?, ¿Velázquez español? Si, por descontado, pero la sintonía espiritual entre ellos seguro que era mayor que la que existe entre dos personas por el simple hecho de compartir un pasaporte o una lengua.

John Berger solía decir que es importante para comprender el arte diferenciar entre obras artísticas medias o típicas y obras excepcionales. Las primeras refuerzan las ideas establecidas; las segundas las cuestionan. Naturalmente, estas últimas siempre son más difíciles de interpretar. El mensaje feminista de la comprometida Judy Chicago en Dinner Party es obvio para cualquiera que tenga ojos en la cara; no así, en cambio, la sutil defensa de lo femenino que hace Rembrandt en Betsabé con la carta de David.

Puntos de vista
No digo que Rembrandt fuera feminista (la genialidad del genio consiste en sentirse incómodo en cualquier punto de vista, incluidos los que concitan la unánime aprobación de la gente), sino que debemos evitar medir lo típico con la misma vara con la que se mide lo excepcional. Zurbarán o Murillo, Maes o Steen, fueron grandes artistas que plasmaron en sus pinturas el espíritu de su tiempo, aunque no fueron excepcionales. Excepcionales son Velázquez, Rembrandt o Vermeer, protagonistas de esta muestra, y, por eso, sus obras atraviesan las fronteras políticas, estéticas e ideológicas: nacionalismo, realismo, feminismo, cualquier aplaudida concepción del mundo que les queramos aplicar.

Hecha la aclaración, se entenderá que comparta con los organizadores de la cita su voluntad de saltar por encima de los tópicos nacionalistas, inútiles cuando se aspira a explicar el significado de las obras excepcionales, pero que no esté igual de seguro acerca de la eficacia de ese salto tratándose de las obras típicas, el grueso de las exhibidas en los museos.

El plan de Vergara para persudirnos de las concordancias entre las pinturas holandesa y española del siglo XVII consiste en distribuir el material (un material de primera, procedente de importantes instituciones, entre ellas, el Rijksmuseum) en cinco ámbitos: “Imagen y moda”, “Ficciones realistas”, “Naturalezxas muertas”, “Mecenas” y “Ténicas artísticas”.

De pobresa y santidad
No me cabe duda de que la cosa tiene que funcionar: la forma de vestir de las élites barrocas, la de acercarse a la realidad de los pintores, sus técnicas, el tipo de gente para las que trabajaban… son, ciertamente, parecidas. Pero, ¿y si Vergara hubiera pretendido demostrar lo contrario? ¿No les parece que también habría conseguido encontrar obras que lo respaldaran?

Pensemos en dos temas característifos de la pintura española del SVII, los jirones de la pobreza y las heridas de los satnos, prácticamente vírgenes en la tradición holandesa. ¿Cuál es la razón por la que nuestros artistas sintieron tanta predilección por ellos? La respuesta, según, por ejemplo, Brger, es la influencia del catolicismo y la decadencia del imperio. Nuestros pintores plasmaron las apariencias como si fuesen una cobertura superficial bajo la cual está lo esencial, el alma de las criaturas. Hay que ragas la carne para entender la naturaleza efímera del cuerpo; convertir el trabaje en harapos para reconocer la incosistencia de la realidad social. El realismo de la pintura típica española en absoluto se parece, así concebido, al de la pintura típica holandesa, para la que la realidad está enteramente ahí, a la vista.

Su diferente concepción se debe al influjo que sobre ella ejerció el protestantismo, el cual cuestinó la primacía que la Iglesia otrogaba a la vida contemplativa del clero, y elevó, en cambio, el valor de la vida activa ordinaria. Confianza en el individuo, afán de riqueza, hedonismo, voluntad de saner, todo eso está en el arte de los Países Bajos, no en el español, más austero, menos mundano.

El espíritu de las naciones también cuenta, pero, ¿y las obras y los artistas excepcinales: Velázquez, Rembrandt o Vermeer? A los grandes no hay forma de reducirlos a una tradición, sus raíces se extienden en todas direcciones, apelando a los hombres de cualquier tiempo. Dan la impresión de estar consagrados a una verdad situada más allá de las aplastantes verdades de la sociedad y la Historia. Por eso jamás nos cansamos de verlos. Siempre nos descubran algo. En el Prado volvemos a comprobarlo.