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XVI Bienal de Lyon. Donde se mezclan las aguas

Sede principal: Antiguas fábricas Fagor. Lyon. Hasta el 5 de enero de 2020
[Bea Espejo. El País, 21 de septiembre de 2019]

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Sin duda, la bienal es el evento más complejo de todos los que existen en la escena artística y el más espectacular en el sentido más estricto de la palabra. Cuenta con varios hándicaps: no siempre se comprende su magnitud, a veces se confunde su rol y es todo un reto seducir al espectador activo con el arte contemporáneo. Aunque también tiene virtudes: es un magnífico radar para conocer artistas, su relación con un determinado contexto y el impacto económico que todo ello genera, tanto para la ciudad como para el mercado del arte.

Es lo primero que se constata al llegar a la 15ª Bienal de Lyon. Antes de su inauguración ya hubo ventas. Los comisarios sonríen y los artistas

también. Cita redonda para este foro artístico convertido en salón global. Tanto unos como otros se han volcado en aligerar las críticas que dejó en tierra de nadie aquel moderno mundo flotante que propuso la comisaria Emma Lavigne en 2017. Fue un chasco, una edición cargada de préstamos y de grandes hits del arte reciente que quitaron magia a lo que puede ofrecer una bienal como esta, amable desde su escala en Lyon, una de las más populares de Europa, y por donde han pasado las mejores cabezas curatoriales: de Nicolas Bourriaud, responsable de la Bienal de Estambul —que también acaba de inaugurar—, a Ralph Rugoff, que firma este año la bienal por excelencia, la de Venecia, abierta hasta el 24 de noviembre.

Los comisarios responsables este año, el equipo al completo del Palais de Tokyo (Daria de Beauvais, Vittoria Matarrese, Adélaïde Blanc, Claire Moulène, Yoann Gourmel, Hugo Vitrani y Matthieu Lelièvre), han apostado fuerte por las nuevas producciones y le han dado un giro aprovechando también el cambio en la dirección artística, con Isabelle Bertolotti cogiéndole el relevo a un Thierry Raspall que había llevado la bienal al estatus de la pereza. El macLYON sigue siendo una de las sedes habituales, aunque el mítico espacio de La Sucrière, la sede por excelencia estos años atrás, se ha cambiado por la antigua fábrica de electrodomésticos de FagorBrandt, un espacio que conocen bien los amantes de la música electrónica asistentes a las Nuits Sonores. Una poética metáfora de lavado de cara, de flujo de capital, de información y de tradición que se ajusta muy bien a ese fresh impetus que clama Bertolotti desde el catálogo.

Para secundar esa energía, los comisarios tiran también de poesía, la de Raymond Carver, llevando uno de sus poemas al título de la bienal. Where Water Comes Together with Other Water (Donde las aguas se mezclan) suena bien. Tiene algo de promesa, de fuerzas que suman, de contaminación positiva. De manera directa, alude a los dos ríos de Lyon, el Saona y el Ródano, un singular paisaje no sólo físico, sino también cultural, político y económico sobre el que reflexionan el medio centenar de artistas aquí reunidos. A muchos los hemos visto antes en el Palais de Tokyo: Felipe Arturo en 2013, Mengzhi Zheng en 2015, Shana Moulton en 2016, Abraham Poincheval en 2017, Jean-Marie Appriou en 2018, Fernando Palma en 2019… Incluso el único español, Escif, está sacado de un cameo que el artista urbano tuvo en los muros del Palais el año pasado. Cuando preguntas por España, nadie sabe-nadie contesta. Un silencio por donde se esfuma la proyección que el arte español tiene fuera.

La lista de repes es mucho más extensa y desconcierta. Los comisarios tiran de capital simbólico hasta el extremo, es decir, capitalizan su trabajo en el Palais de Tokyo hasta convertirlo en marca. Y eso tiene cosas buenas y malas. ¿Buenas? No hay que negarlo: el Palais de Tokyo sigue siendo un referente, accesible pero riguroso, quizá menos teórico que en los tiempos en que lo dirigían Nicolas Bourriaud y Jérôme Sans, y más mainstream, sí, pero importante en la creación de un modelo de centro de arte y de público que no existía en París, lugar de pocas sorpresas y extremadamente institucional con el arte contemporáneo.

Tirar de lista conocida es algo habitual en los comisarios de todo el mundo. Es interesante meter la nariz en los archivos y ver cómo determinados artistas aparecen siempre asociados a determinados comisarios. Hasta cierto punto es lógico tener interlocutores habituales, artistas con los que se conecta bien. Pero aquí esa circunstancia excede la casualidad y dibuja una burbuja cerrada que nada tiene que ver con los cauces que se mezclan con otros ríos que invoca como leitmotiv la bienal.

Lyon peca este año de espectacularización y de talla monumental, aunque el espacio no es nada fácil. En el macLYON la cosa es más llevadera con las magníficas obras de Josèfa Ntjam y Renée Levi, pero la antigua fábrica de Fagor, con sus 29.000 metros cuadrados de ruido visual, compite con cualquier cosa que se coloque allí. Quien tenga en mente el caótico pero sobrecogedor pabellón francés de Laure Prouvost en esta Bienal de Venecia, es aquello multiplicado por cien. Hay un poco de todo. Un poco de distopía, de antropoceno, de fin del mundo, de desecho, de tecnología punta y de ansiedad. Un poco de robótica, de slam rock, de maquillaje, de colores mutantes y de pos-Internet. Un poco de decorado brillante, de cuerpos flotantes y de materiales zombis. Un poco de todo lo que debe tener una bienal que mire al futuro. Todo muy Donna Haraway, pensamiento líquido y globalización low cost. Hay un programa off, un proyecto de residencias (Veduta) e intervenciones por la ciudad. El rescate histórico lo pone Gustav Metzger, el tono generacional lo firma Shana Moulton y el gran hallazgo es menos histriónico y más joven, de 1990, londinense: Holly Hendry.

Al final, el paisaje que traslada la bienal, ese que se queda con nosotros cuando cerramos los ojos, es inestable, precario, tentacular, corrosivo y hasta algo caníbal. ¿Convence? Tanto como los tiempos que corren.