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Antonio Fernández Alvira. Elementos para un discurso

IAACC Pablo Gargallo. Zaragoza. Hasta el 29 de marzo de 2020
[Óscar Alonso Molina. ABC Cultural, 28 de diciembre de 2019]

MEMORIA LATENTE DE LA ESCULTURA

Teatralidad y tramoya son dos conceptos profundamente ligados al trabajo de Antonio Fernández Alvira (Huesca, 1977), quien, en su carrera, los ha llevado a escena encarnados en los más variados elementos de la arquitectura: columnas, pilastras y arcos, bóvedas y fachadas, edificios enteros… En paralelo, el otro núcleo conceptual de su proyecto orbita en torno a la idea de ruina, que aparece bajo la forma de escombros, derrumbes y demoliciones, o en la presencia constante del fragmento. A partir de estas guías, Alvira no ha dejado de sorprender al espectador con su paciente construcción artesanal de un trampantojo, minucioso hasta el detalle, tras el cual se escondía un engaño perceptivo cargado de intención: cuanto allí parecía madera, tablones o planchas de contrachapado, era en realidad todo de papel, trabajado hábilmente con acuarela y dibujo. En ese tipo de trabajos asistíamos al imperio de la fragilidad absoluta, y, llevados por la morosa construcción de una máquina escénica impecable, tras el primer vistazo no quedaba sino comprobar el desplome de lo cimentado; en definitiva: el triunfo del artificio visual.

PERO EN LOS DOS ÚLTIMOS AÑOS, algo ha cambiado, conjugando el artista fórmulas menos primorosas y más concisas, también más contundentes. Esta exposición de Zaragoza atiende exclusivamente a la nueva etapa, caracterizada por un análisis muy formal de lo que la escultura puede decir sobre sí a partir del formato expositivo del museo, la colección y la catalogación científica. A pesar del aparente cambio, las preocupaciones de fondo siguen siendo las señaladas, y el artista despieza aquí cornisas, molduras, frisos, pedestales… organizándolos escenográficamente hasta lograr una atmósfera bastante abstracta que remite de manera elíptica a los depósitos y archivos museográficos, o a los gabinetes de colecciones arqueológicas. Por decirlo en resumen: el pedestal –un esquema suyo– soporta ahora irónicamente los trozos deshechos e inconexos de otros supuestos pedestales históricos, ya desaparecidos. Mención aparte merece el conjunto de esculturas de pared, en hierro y madera, cuyo «cuerpo lineal», apenas un trazo, se completa con sus propias sombras, realzadas como rúbricas en la sala por un montaje e iluminación muy cuidados. Alvira se muestra en ellas como un escultor más «clásico» que nunca, mientras la Historia de la disciplina puebla de alusiones estas delicadas piezas, aéreas e ingrávidas al máximo: del proyecto de Picasso para el monumento a Apollinaire, hasta los dibujos en el espacio de Julio González, la mítica Flor en peligro (1932) de Giacometti, o los objetos más descarnados y delgados de Moholy Nagy están allí susurrando.