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August Sander. Fotografía de gente del siglo XX

Círculo de Bellas Artes. Madrid. Hasta el 17 de mayo de 2020
[Elena Vozmediano. El Cultural, 6 de marzo de 2020]

AUGUST SANDER, ¿TIPO O PERSONA?

Es sin duda uno de los proyectos fotográficos más importantes de la historia y también uno de los más emocionantes. Con Gente del siglo XX August Sander (Herdorf, 1876 – Colonia, 1964) quiso documentar la realidad social de Alemania en unos tiempos turbulentos, a través de un extenso mosaico de “tipos” humanos representados con pretendida “exactitud”. También uno de los que ha suscitado más controversia crítica, canalizada en los últimos años en The August Sander Project, que puso en marcha el MoMA tras adquirir en 2015 una copia completa, y que reúne a especialistas para debatir sobre este trabajo.

Y hay mucho que debatir. No es grave que esta exposición del Círculo de Bellas Artes organizada por La Virreina en colaboración con la fundación de la caja de ahorros de Colonia, que compró el legado familiar –unos 11.000 negativos y 5.000 vintages–, se haya montado con copias modernas. Son buenas, realizadas a partir de los negativos de cristal originales, y además el artista nunca produjo un positivado homogéneo para su exhibición, pues su meta era una publicación que no vio la luz en vida del fotógrafo. Pero sí es decepcionante que, no habiéndose editado catálogo, el comisario Valentín Roma –con capacidad cierta para hacerlo– haya desaprovechado la ocasión de revisar la variada problemática que rodea a Gente del siglo XX y de profundizar en su interpretación.

Diversos estudiosos de la fotografía, como Walter Benjamin, Allan Sekula, Olivier Lugón o Susan Sontag, han enjuiciado los presupuestos ideológicos y estéticos de este proyecto y lo han entendido de manera muy diferente. Unos consideran que su recurso a la categorización fisionómica supone una cosificación de las personas, con tintes hasta reaccionarios, mientras otros recuerdan que el medio intelectual en el que Sander formuló sus propósitos estaba plagado de izquierdistas cuyas ideas habrían dejado profunda huella en él. Lo cierto es que evita reflejar la industrialización y privilegia los oficios antiguos y artesanales, que opone a la decadencia en las ciudades –en línea con el pensamiento de Oswald Spengler–, y da cabida incluso al mundo anti-científico con figuras como la del recolector de hierbas o el hipnotizador.

Y ¿cómo se inserta él en la modernidad artística? A pesar de que renunció poco a poco a la fotografía pictorialista con la que se había hecho una clientela urbana, su apuesta por la claridad, el detalle y la neutralidad de la mirada no acaba de situarle en las filas de la Nueva Objetividad de Renger-Patzsch y, por otra parte, se mostró muy contrario a las experimentaciones formales de Moholy-Nagy.

El “problema” de Sander, y lo que nos lo hace más interesante, es que sus fotografías no siguen del todo sus planes y que estos, además, no estaban tan netamente definidos como se pretende. La estructura de capítulos que estableció en 1924 es ya incoherente: la base es la clasificación de los tipos según ocupaciones laborales, pero también hay uno sobre la ciudad y otro sobre la mujer; en el que reúne a los obreros cualificados, inserta retratos de empresarios industriales y mezcla a los mendigos con los artistas bohemios. Las obras anteriores a esa fecha incluidas en las carpetas las hizo con otras intenciones, como retratos de encargo, al igual que las de los perseguidos, que son en realidad fotografías realizadas para los pasaportes de judíos que escapaban del nazismo; las de prisioneros políticos ni siquiera son suyas, pues las hizo su hijo Erich mientras estuvo encarcelado.

Pero quizá lo que más me intriga es: ¿son realmente tipos lo que coleccionó? Yo veo casi siempre individuos a los que su ambigua misión de representación de un papel en la sociedad no impide manifestar una personalidad y un atisbo de biografía. A veces, incluso, se insertan micronarrativas, como en la imagen de ese viudo con sus dos hijos macilentos o en la de esos dos soldados con una cómica diferencia de altura.

Lo más hermoso en Gente del siglo XX es el inmenso respeto, y hasta diría el amor, con que Sander nos presenta a casi todos sus modelos. No los juzga. No los embellece más que con la dignificación. Nos aguantan, serios, la mirada desde otro tiempo. Solo entre las mujeres, deliberadamente sobrerrepresentadas en la exposición, encontramos alguna sonrisa: una niña, una gitana y una acróbata ecuestre.