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Humor absurdo. Una constelación del disparate en España

CA2M. Móstoles (Madrid). Hasta el 31 de enero de 2020
[Mercedes Cebrián. El País, 25 de enero de 2020]

BIENVENIDOS AL MUSEO, TUNANTES

Comienzo con una anécdota personal fechada en 2009: me he hecho amiga de una islandesa que habla español y se me ha ocurrido que quizás le divierta, a ella y a una chica americana que anda por ahí, ver la imitación que Joaquín Reyes hace de su compatriota Björk en La hora chanante. El vídeo dura tres minutos, pero a los veinte segundos ya me doy cuenta de lo fallido de mi buena intención. Reyes dice: “Bioorrrr”, con un deje de Chiquito de la Calzada que las chicas extranjeras ni por asomo captan, y pronuncia a su manera el largo apellido de la cantante: “Gud-mos-don-tir”, “Gus-tin-mon-dir”. Me viene a la cabeza el sketch en que Martes y Trece imitaba a una María José Cantudo que luchaba en vano por decir correctamente “metamorfosis”. Continúa el humorista insertando su terminología particular (“estoy medio merilota”; “en esa película yo hacía de cegarruta”) y, para entonces, la estadounidense ya se ha ido, aburrida e incómoda por no entender nada. A mí me invade una oleada de vergüenza, tanto al reconocer lo mucho que gozo de un humor que encuentro fuertemente identitario como al comprobar lo ininteligible que les resulta a ellas. Lo que sentí en aquel momento tenía que ver con una de las características esenciales del humor: su fuerte vínculo con las comunidades construidas socialmente, tanto territoriales como generacionales. Esos minutos de parodia contenían un curso acelerado de residencia en este país y de pertenencia a una generación.

Como vemos, las gansadas audiovisuales, como las gráficas o escritas, son productos culturales que hablan con elocuencia de la sociedad en la que se ha producido; por lo tanto, merecen ser estudiadas y expuestas. De esto se ha hecho eco el Centro de Arte Dos de Mayo de Móstoles (CA2M), con la exposición Humor absurdo. Una constelación del disparate en España. Su comisaria, Mery Cuesta, buscaba una perspectiva generacional: “Tanto los cinco asesores especialistas en distintos temas que seleccioné como yo nacimos en los años setenta. Es el momento de que nuestra generación revise el discurso sobre las nuevas producciones del humor en España: se ha quedado en el análisis de los humoristas de La Codorniz, pero más allá de Neville o Jardiel Poncela no se ha llevado a cabo una reflexión en profundidad”.

El humor absurdo en el que se centran la exposición y su catálogo, coeditado por el CA2M y la editorial Astiberri, está lejos de la imitación del político de turno o de las celebridades de los programas de cotilleos. De hecho, la sociedad está cada vez más fragmentada en gustos y en posibilidades de elección de entretenimiento. De ahí que ese saber, todos al unísono, quién es Lauren Postigo o Samantha Fox se encuentre en vías de extinción. Las prácticas del humor absurdo en España están también a mucha distancia de las de ese humor costumbrista e inmovilizador que estereotipa con trazo grueso, si bien la absurdidad coquetea en ocasiones con arquetipos como el del paleto, pero llevándolo a su faceta más surreal, como hace José Luis Cuerda con los personajes de Amanece que no es poco y Ernesto Sevilla cuando encarna a Gañán en

La hora chanante.
Una de las ideas que vertebra la exposición es la del humor nuevo. No porque la muestra se centre en la comedia de hoy, sino porque toma como figura clave del humor absurdo a Ramón Gómez de la Serna, para quien lo nuevo siempre fue un faro a seguir, cosa coherente en un vanguardista como él. La manera de exponer lo humorístico es otro de los aspectos a los que la comisaria ha dado más vueltas: “He intentado respetar la naturaleza de donde se extrae este material, que tiene que ver con lo popular, la calle, la transmisión oral… La idea es no embalsamar las piezas al exponerlas, porque se desnaturalizan, si bien hay algunos efectos personales que funcionan como fetiche. Por ejemplo, la camisa de Chiquito de la Calzada”.

Al ser el collage uno de los procedimientos más empleados en las vanguardias, lo es también en esta exposición de humor absurdo. Su nutrida presencia incluye sorpresas como los que firma Millán Salcedo, de Martes y Trece. Él también integra el cuadro de honor del gran abanico de voces popularizadas a través de las pantallas. La enunciación es esencial en la comedia, aunque en las prácticas humorísticas de España asistir a una conversación ordenada no resulte sencillo. “¿Cómo va a haber organización en la política española si no la hay ni siquiera en las conversaciones?”, se preguntaba Ortega y Gasset en España invertebrada. Ese horror vacui sonoro en el que las personas hablan interrumpiéndose y con atropello se deja ver en escenas de Plácido de Berlanga y en cientos de sketches de comedia española televisiva. Pero el referente más antiguo de cuantos guían la concepción de este viaje expositivo por el humor absurdo nació antes de la era del cine. Es Goya, representado a través de sus Disparates, que nos llevan directamente a la tradición carnavalesca y a Rabelais, conectados estrechamente con el absurdo.

La exposición integra la representación de dos espacios: el bar y la oficina. En palabras de Mery Cuesta, “en ambos espacios se establecen los extremos del humor de la sociedad española. El territorio diurno (los bancos, los ministerios…) aparece como espacio de doblegamiento enfrentado a la taberna como terreno de lo nocturno y lo instintivo”. Pero sabemos que el bar español no siempre equivale al café parisiense chic donde uno acude a dejarse ver: es más bien ese bar-tabac añejo que obra como refugio improvisado. Precisamente, es en una de las variantes menos apetecibles del sector hostelero, las cafeterías impersonales de franquicia, donde el artista del humor Miguel Noguera, también presente en esta muestra, trabaja sus ideas, en estrecha conexión con las greguerías ilustradas de Gómez de la Serna. Y es, precisamente, para escapar del tedio y de la alienación provocados por lo cotidiano, que Noguera y otros maestros de esta corriente humorística proponen a menudo una opción clara y contundente: convertir en experiencia extrema ese pequeño ritual descabellado, esa acción infraordinaria en la que casi nadie repara.

A Mery Cuesta y sus asesores les debemos el rescate de la collagista y pintora Amparo Segarra, pues es suya la imagen del cartel y de la cubierta del catálogo, pero también el de otras mujeres insólitas, como la humorista canaria María Dolores de la Fe. Su redescubrimiento nos invita a reflexionar sobre el puesto marginal que el humor femenino ha ocupado en España. Entre otras cosas, por el temor instalado socialmente a la incompatibilidad de ser graciosa a la vez que atractiva y deseada. Sin duda, el humor absurdo sigue siendo una caudalosa fuente de material para pensar y para reír, aunque la carcajada fácil haya dejado de ser la cúspide soñada de lo humorístico.