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Humor absurdo. Una constelación del disparate en España

CA2M. Móstoles (Madrid). Hasta el 31 de enero de 2020
[Fernando Castro Flórez. ABC Cultural, 25 de enero de 2020]

DISPARATES GENERACIONALES

Hace pocos días, Los Torreznos pusieron las cosas bien claras en el Conde Duque, perorando sobre «el arte» en un inglés bastante macarrónico ante un público cómplice. Entre las absurdas peripecias de aquella «acción», destacó el uso y consumo de unos plátanos que podrían ser un guiño al «comediante» Cattelan. En realidad, como luego me confesaron, ya tenían ese plátano antes de que el italiano «la liara parda». Está en el aire: nos entregamos a toda clase de disparates artísticos cuando el mundo es «berlanguiano». Y el esperpento no es ya el resultado de la deformación de los espejos del Callejón del Gato. El absurdo nos constituye, y el deliro es sintomático y ubicuo.

Mery Cuesta –comisaria de la muestra que nos ocupa en el CA2M– confiesa en el excelente y extenso ensayo que ha escrito para el libro que acompaña a la exposición, que fue escuchando una conferencia de Calvo Serraller en un podcast cuando descubrió que la palabra «disparate» significaba en el siglo XVII «tirar no a puntería, sino al aire, que dé la pelota donde diere».

Gamberradas
Buen origen ese de la «gamberrada sin sentido» para establecer una genealogía del humor absurdo en España, desde Goya (para el que los disparates también tenían que ver con las antinomias de la razón), hasta el grotesco modo de reflejar lo carnavalesco de Gutiérrez Solana; pero, sobre todo, tomando como faro ultravanguardista a Ramón Gómez de la Serna, aquel personaje obsesionado con las metáforas, merodeador del Rastro, gurú de la cripta de Pombo. Su imagen dando una conferencia desde un trapecio circense, o aquella revelación de que el «orador» reacciona a los objetos, podrían servir no tanto para animar la proliferación viral de los conferenciantes-performers cuanto a la sensación de que, en ocasiones, se redescubre patéticamente el Pacífico.

Basta con prestar atención a algunos «numeritos» ya clásicos de Tip y Coll –memorable y siempre oportuno aquel de «el próximo día hablaremos del gobierno»–, o los desbarres postfilológicos de Chiquito de la Calzada, el pasmo hilarante de Faemino y Cansado o las retahílas de Eugenio con el «saben aquel que diu» (muchos de ellos, convocados a la mesa del CA2M), para tener claro que los filones de material chistoso son casi inagotables en un país que, a veces, es para llorar.

Es evidente que el humorismo es un rasgo decisivo de las vanguardias, ya sea en la clave conspiradora y excesiva del Dadá, en aquellas veladas que eran una mezcla, según Hugo Ball, de bufonada y misa de difuntos, o en la defensa del humor negro que estableciera André Breton. Tal vez fuera necesario en aquellos «años de vértigo», con la experiencia del desastre de la I Guerra Mundial y anticipándose el ascenso de los totalitarismos, un poco de diversión para no sucumbir a la melancolía o tomar la drástica salida suicida.

Hasta fue pertinente activar la imaginación –como propusiera Dalí– desde la paranoia, aunque en ocasiones sus «chistes» no tuvieran ninguna gracia. Ciertos derroteros artísticos demostraron que un mundo roto requería del sarcasmo y, por lo menos, era posible celebrar las últimas fiestas orgiásticas aunque fuera una estricta consumación del nihilismo.

En un contexto «simbólicamente» asfixiante como el del franquismo, el humor irreverente de una publicación como La Codorniz ofrecía, en apariencia, un mínimo resquicio para respirar. Tampoco podemos perder de vista que el carnaval, el recreo e incluso el humor pueden tener no tanto carácter perverso, sino reforzar el orden de lo que «parece» la excepción. Acaso la estrategia de evasión reinstaura las tácticas disciplinarias, de la misma forma que el tsunami de «comicidad

Arévalo versus Noguera
El humor, valga esta perogrullada, tiene características generacionales más que históricas. Poco tienen en común los que se «administraron» cintas de Arévalo en el coche familiar que los que van «reídos» de casa a un UltraShow de Miguel Noguera; nada compartimos los que nos hemos tragado bodrios de Esteso con los millenials que surfean entre memes y gozan de lo lindo con el post-humor balbuceante.

En esta exposición, como indica la comisaria, se ha realizado una criba de «un montón de propuestas» para decantar lo que califica como «humor absurdo deliberado», algo que le lleva a considerar que, por ejemplo, cuando Fernando Arrabal realizó aquella (mítica) declaración «el milenarismo va a llegarrrr» no estaba revelando otra cosa que el pedo que tenía. Descartar ese acto «patafísico», aunque sea «inconsciente», o aproximarlo a las ridiculeces de Leticia Sabater, la reina de la «salchipapa», puede parecer demasiado «académico», pero, como se indica, de alguna forma había que cortar el pastelón.

Ensalada de dislates
Entre las múltiples gracias que se ofrecen en este postre humorístico se encuentran los «dislates y disloques» de las portadas de Enrique Herreros para La Codorniz; las viñetas de Chumy Chúmez en Hermano Lobo; los dibujos de Manolo Summers en Los Domingos de ABC; la justa recuperación de Amparo Segarra con sus collages (entre ellos, uno de 2006 en el que incluye una imagen de La Ribot, coreógrafa que ha llegado a reírse hasta la extenuación); el delirio costumbrista de Ernesto Giménez Caballero en su cortometraje Esencia de verbena; aquel Celtiberia Show de Carandell, sedimento de anécdotas desternillantes; las genialidades de Gila; las tiras de Forges; la iconografía del Equipo Realidad; libretas de apuntes del citado Noguera; los espectáculos de Tricicle; las brillantes parodias del mundo del arte que hicieron Bestué+Vives; y, por supuesto, toda la fauna de Muchachada Nui. No pueden faltar en este festín absurdo Martes y Trece, especialmente cuando Móstoles, donde está el centro de arte que alberga esta divertida exposición, está «marcado» para siempre por aquella confusa «empanadilla».

Volviendo a ver Verbena, de Edgar Neville, he sentido que hasta el humor envejece mal, aunque también da lecciones tonificantes cuando ya no es chispeante. El humorismo de hoy será la seriedad de mañana. Recordemos cómo concluye Gómez de la Serna la sección sobre el «humorismo» de Ismos: «En futuros Parlamentos despuntará el partido humorístico, que primero se discutirá, como cuando apareció el socialista, si es legal o ilegal, pero al fin será el que conduzca el gobierno de la vida con el único aire soportable». Seguimos esperando y, con desesperanza, hasta tenemos motivos para reír.