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Joan Jonas. Moving Off the Land II

Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid. Hasta el 18 de mayo de 2020
[Francisco Carpio. ABC Cultural, 7 de marzo de 2020]

JONAS: LOABLES INTENCIONES, CUESTIONABLES RESULTADO

¿Sabían ustedes que los océanos cubren más del 70 por ciento de la superficie total de nuestro mundo? Este azul, húmedo y apabullante hecho no parece haber causado demasiada mella en sus moradores potencialmente más peligrosos: nosotros, los propios humanos, quienes seguimos empeñados en malograr ese maravilloso y necesario legado. Afortunadamente a veces –no tantas como serían necesarias– algunos se empeñan en lo contrario, es decir, en ampararlo, protegerlo y mantenerlo por el bien común. En este sentido, hay moradores de nuestro Planeta Arte que tratan de contribuir, con un esfuerzo sincero y digno de elogio, a la salvaguardia y cuidado de nuestro Planeta Azul.

En danza
Uno de esos casos es el de Joan Jonas (Nueva York, 1936), artista de referencia que ha venido desarrollando desde los sesenta una intensa labor en distintos sectores de la creación como la performance, el vídeo y el conceptual, siempre en un intento por expandir sus trabajos fuera del ámbito estrictamente expositivo al hacer confluir danza, música y teatro en el mismo espacio. Otra de sus señas de identidad ha sido la de buscar lugares de encuentro y diálogo entre los seres humanos y la Naturaleza, lo que la llevó igualmente a interesarse por la defensa y protección de los océanos.

Es justo en este contexto en el que se sitúa Joan Jonas: Moving Off the Land II, la muestra que presenta el Museo Thyssen y la ThyssenBornemisza Art Contemporary (TBA21). Un proyecto de más de tres años de investigación en acuarios de todo el mundo y en aguas de Jamaica, estrenado en marzo de 2019 en el Ocean Space de Venecia, y que se articula en torno al importante y vinculante papel que el océano ha jugado a lo largo de la Historia como un nexo simbólico, cultural y natural.

Las obras de la cita emplean diversos lenguajes como el dibujo, la escultura, el sonido, la palabra y el vídeo y, en palabras de su comisaria, «se sumergen en lo más profundo de las aguas marinas, nadan con los peces que las pueblan e incorporan material literario y poético de escritores que se han aproximado a estas masas líquidas que cubren dos terceras partes del planeta».

Hasta aquí todo perfecto. Pero la realidad es que el proyecto expositivo resulta ser un claro ejemplo de una buena –y loable– idea bastante mal resuelta formalmente. Con mucha diferencia, lo único que encuentro interesante son las piezas videográficas. Por su parte, los dibujos son pobres e intrascendentes, la «escultura» –así llamada eufemísticamente– es una obra objetual confusa, los textos resultan difíciles de encontrar y las planchas de cristal de Murano no aportan casi nada a la percepción e interpretación del espacio, en contra de lo que se nos indica. Una lástima tratándose de la propuesta de una artista de su prestigio y trayectoria.