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Olafur Eliasson. En la vida real

Museo Guggenheim. Bilbao. Hasta el 21 de junio de 2020
[Noemí Méndez. ABC Cultural, 7 de marzo de 2020]

EL OLAFUR MÁS REAL

ara los que hemos admirado siempre la elegancia de las formas del (medio) danés Olafur Eliasson (1967), visitar su muestra en el Guggenheim de Bilbao puede dejarnos algo fríos. La exposición se forma con una treintena de piezas desde los noventa, que se agrupan en apartados temáticos. Partes de la misma bien podrían parecer de los mismísimos Damien Hirst o Carsten Höller. Y es ahí donde los que siempre han admirado su elegancia formal se quedan algo confundidos.

Aun así, el interés hace que buceemos por las salas y que siempre encontremos en cierta medida la esencia del artista. Eliasson utiliza nuestros sentidos como vehículo para mostrarnos los intereses de su investigación; desde el más evidente, el de la vista –con juegos de luz y reflejos–, hasta el olor o la temperatura del musgo de Pared de liquen (Moss wall, 1994).

Los ya iniciados en su obra, que no se asusten: pueden identificar sus clásicos juegos especulares; como los creados en los noventa, que generaron un auténtico sello del artista, con esas formas escultóricas, casi arquitectónicas, que producían una serie de efectos visuales en el espectador y que lo convirtieron en auténtica atracción.

Eso sí, aquella atracción constaba de un extra: cierta elegancia que lo diferenciaba de los artistas antes citados, y, gracias a la cual, con algunas obras de esta muestra, conectamos casi de inmediato. No es malo carecer de ella. Lo extraño es que nos cueste encontrar la naturaleza de Eliasson en algunos de esos proyectos.

Lo interesante de este mapeo de trabajo de los últimos treinta años es, además del recorrido, su reflexión sobre los recursos naturales, la individualidad de los seres humanos, la escasez de los recursos energéticos. También, si elevamos la lectura a un misticismo mayor, entramos conceptos como los de percepción, espiritualidad u «otredad», existentes hoy en sociedad, y que recogen los trabajos.

La sala donde se ubica la pieza Tu sombra incierta (color), de 2010, es entre inspiradora, enigmática y divertida. Cinco focos de color situados en el suelo, y que proyectan luz sobre la pared (blanca), terminan por mezclarse y generar finalmente luz blanca. Casi un acto espiritual que limpia nuestra sombra de todas sus cargas. Y es que, entre tanto juego, hay una parte realmente filosófica o trascendental en lo planteado. Nada más asomarnos a la sala de maquetas, vemos la cercanía de sus trabajos a las matemáticas. Eliasson constata cómo en la Naturaleza, la arquitectura y la proporción, tenemos presente el cálculo geométrico; incluso en lo sagrado.

Apuesta fuerte
La muestra, organizada por la Tate Modern, es una apuesta fuerte. Hay todo un sector crítico que podrá ver en todo esto una mezcla peligrosa, extraña. Y es que hay sensación de parque temático en el recorrido: un espejo que rota, mecanismos que dinamizan sensaciones, máquinas… Pero lo cierto es que Eliasson siempre deja ver la verdad, el truco, la forma. Nos deja «En la vida real (In real life)», pieza de 2019 entender lo sencillo de lo aparentemente complejo, e invita a entender esa parte suya que a muchos cautiva: la silente espiritualidad de sus piezas

Lo que sí que pueden descuadrar son sus paisajes fotográficos. Series que documentan Islandia y sus fenómenos naturales. Son importantes para el artista porque él mismo ha manifestado su necesidad de estar en contacto con ellos de manera física por medio de caminatas por la Naturaleza. Solo
sabiendo esto entendemos de lleno que su trabajo, su obra, finalmente, es fiel reflejo de una necesidad de la luz, de la sensación de frío o de desubicarse en los espacios. Analogías de las respuestas que le produce la tierra que le nutre.