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Pavimento infinito. Mapa. Sala. Arpa. Alba

Centro Federico García Lorca. Granada. Hasta el 12 de abril de 2020
[Marta Ramos-Yzquierdo. El Cultural, 31 de enero de 2020]

DARLE CUERPO A LAS PALABRAS

Visitar la exposición del Centro García Lorca en Granada ha supuesto volver a una ciudad que en mi infancia atravesé diariamente. En mi memoria el poeta estaba siempre presente, pero nunca en el centro dominado por lo nazarí y lo renacentista. Su figura habitaba los alrededores: la casa familiar en la Vega, su pueblo natal a 50 km, o Víznar donde fue asesinado. Comparto este detalle biográfico porque me parece significativo el esfuerzo de que la figura del creador se haya infiltrado en la trama urbana de Granada. La arquitectura del edificio se plantea desde esta acción de abrir un espacio para ser atravesado –literalmente se puede entrar y salir en él como si fuera una calle–. La programación también busca esta apertura desde un centro que lo define: la herencia de la obra del poeta. Un legado compacto y muy frágil (físicamente y también por los vaivenes de su gestión) que se muestra ahora desde la investigación pero también se abre a la interpretación contemporánea. Las obras son atravesadas por creadores que a su vez son traspasados por lo lorquiano. Una visión de cómo activar un archivo que habrá que seguir atentamente.

Con esta idea, el comisario Francisco Ramallo, invitó a Rosana Antolí (Alcoi, 1981), Isabel de Naverán (Getxo, 1976) y Julia Spínola (Madrid, 1979) a participar en Pavimento infinito para que sus investigaciones, algunas obras anteriores, nuevas producciones y ellas mismas actualizaran su diálogo con la obra de García Lorca. La conversación abarca la poesía y otros escritos de reflexión y crítica, obra teatral y dibujos. Es decir, refleja la complejidad de la mirada y vida de un artista polifacético y de su gran actividad, como centro y parte de una comunidad truncada por la guerra civil. Podría pensarse entonces que las tres se contarían entre las amigas de un Federico vivo en el siglo XXI.

El hilo conductor de la exposición es la presencia de lo coreográfico, de un cuerpo en movimiento y en tránsito, en la producción lorquiana y en los modos de formalización de cada una de las artistas. Tanto en el trabajo individual de las propuestas como en su relación en las salas y escaleras del centro, se busca remarcar las repeticiones y las resonancias, que ya se encuentran en la propia obra de Lorca y que son características en cualquier producción seria contemporánea: volver al objeto de obsesión, en este caso, a la palabra o a la forma no resuelta, y que nos hablan de nuestras crisis individuales y como sociedad.

Antolí parte de la pieza El público, ejemplo del teatro del absurdo español, y del dibujo Animal fabuloso dirigiéndose a una casa, 1929-1930, para actualizar sus coreografías. Apoyándose fundamentalmente en la proyección virtual de un paisaje y en su instalación de cables que se retuercen, como reflejo de sus performances, vuelve a ejecutar otras notaciones musicales. Son pinturas que se forman añadiendo y borrando siguiendo los apuntes de coreografías realizadas durante un taller previo. En él reflexionó de nuevo sobre el cuerpo social en el que nosotros como individuos nos movemos y relacionamos, entre lo habitable y lo monstruoso.

La estrategia de Naverán parte de la investigación histórica y de la actualización poética a través de la conexión de los detalles que se quedan en los márgenes de las grandes narrativas. En este caso, del elogio de Lorca a la bailarina Antonia Mercé, la Argentina –“la danza es una lucha que el cuerpo sostiene con la niebla invisible”–, su imagen pictórica como encarnación de La República, su máscara mortuoria y el baile que el artista japonés Kazuo Ohno realiza en los años 80, también como homenaje a ella. Los cuerpos se repiten en otros cuerpos, al igual que las imágenes y los hechos que esconden se van dando respuesta en la conferencia performativa en la que se basa la documentación expuesta en esta sala.

El tránsito se cerraría con la instalación de Julia Spínola que ha releído los poemas de las Suites y sus duplicaciones en Así que pasen cinco años. Recoge la forma de construir de Lorca con palabras que se repiten, al igual que ella compone con imágenes – objetos a los que vuelve una y otra vez: limones, agua, zapatos, cartones. Una gramática poética que surge en la palabra y el ritmo, se convierte en gesto que pasa a ser signo y se cristaliza en forma.